1 de noviembre de 1995)

Fuente: Yehuda Avner. The Prime Ministers: an Intimate Narrative of Israeli Leadership. Londres: Toby, 2010. 707. Impreso.

El 1.º de noviembre de 1995, tres días antes de su asesinato, el primer ministro Isaac Rabin dialogó con su consejero y redactor de discursos, Yehuda Avner, sobre los motivos que lo llevaron a firmar los acuerdos de Oslo con Yasser Arafat en el jardín de la Casa Blanca, el 13 de septiembre de 1993. A Rabin no le agradaba Arafat, ni confiaba en el dirigente de la OLP. Sin embargo, consideraba que de no reconocerse la corriente secular que predominaba en el movimiento palestino nacional, de no otorgársele reconocimiento e importancia ante la comunidad internacional, se podría dar pie a que la corriente minoritaria teológica que crecía finalmente se estableciera como la dominante en el nacionalismo palestino. Rabin temía un conflicto teológico judío-islámico, que si no llegaba a ser eterno, continuaría por décadas. Veinte años después de que Rabin tomara su decisión, la rama secular de la OLP y la clase dirigente continúan sumidas en una reñida lucha por dominar el corazón, las mentes y el curso del futuro palestino. La decisión de Rabin, para muchos considerada inaceptable en su momento, tenía sentido desde el punto de vista estratégico: retrasaba hasta cierto punto el crecimiento de Hamas y su predominio irreversible sobre el nacionalismo palestino.

                                                                                                            –Ken Stein, abril de 2014.

Pregunta del autor, Yehuda Avner: ¿Por qué le estrechó la mano a Arafat?

Rabin: “Primero: Israel está rodeado por dos círculos concéntricos. El círculo interno se compone de nuestros vecinos inmediatos: Egipto, Jordania, Siria y el Líbano y, por extensión, Arabia Saudita. El círculo externo se compone de los vecinos de esos países: Afganistán, Irán, Irak, Sudán, Yemen y Libia. Prácticamente todos estos últimos son Estados renegados, y algunos están desarrollando un programa nuclear.

Segundo: El fundamentalismo islámico, inspirado en Irán, constituye una amenaza para el círculo interno, ni más ni menos que para Israel. El fundamentalismo islámico pretende desestabilizar los emiratos del Golfo; ya ha causado estragos en Siria, donde han muerto 20 000 personas; en Argelia, donde han muerto 100 000 personas; en Egipto, donde han muerto 22 000 personas; en Jordania, donde han muerto 8000 personas; en el Cuerno de África —en Sudán y Somalia—, donde han muerto 14 000 personas; y en Yemen, donde han muerto 12 000 personas. Y ahora está aumentando su influencia en la Ribera Occidental y la Franja de Gaza.

Irán es quien lo financia, quien invierte millones en la Ribera Occidental y la Franja de Gaza en programas educativos y de salud, para conquistar el corazón del pueblo y alimentar el fanatismo religioso.

Por lo tanto, ha surgido una confluencia de intereses entre Israel y el círculo interno, cuyo interés estratégico a largo plazo es el mismo que el nuestro: disminuir las consecuencias desestabilizadoras ocasionadas por el círculo externo. En última instancia, el círculo interno reconoce que tiene menos motivos para temer de Israel que de sus vecinos musulmanes, siendo el principal de ellos la posibilidad de que las potencias islámicas desarrollen un programa nuclear.

Tercero: El conflicto árabe-israelí siempre se consideró un conflicto político, es decir, un conflicto entre árabes e israelíes. Los fundamentalistas están haciendo todo lo posible para transformarlo en un conflicto religioso, de musulmanes contra judíos y del islam contra el judaísmo. Si bien es posible solucionar un conflicto político mediante negociaciones y compromisos, no existen soluciones para un conflicto teológico. El resultado es la yihad, la guerra religiosa de su Dios contra el nuestro. De llegar a ganarla ellos, nuestro conflicto transcurriría de una guerra a otra, y de un punto muerto a otro.

Y este es principalmente el motivo por el que accedí a los acuerdos de Oslo y, aunque con reticencia, estreché la mano de Yasser Arafat. Tanto él como su OLP son el último vestigio del nacionalismo palestino secular. No hay nadie más con quién tratar. O es la OLP o no es nadie. Hay que elegir entre una posibilidad muy remota de lograr un acuerdo, o la certeza de que no habrá ningún acuerdo, en momentos en que las fuerzas radicales desarrollan un programa nuclear”.